Una vela
Era como cuando dicen que caminas directo al precipicio. Solo que en ese momento estaba en bicicleta, lo cual era peor porque iba a llegar más rápido. El precipicio en este caso representa la flor de cagada a pedos que me iba a comer de parte mi viejo. Y en esas 57 cuadras, la rueda dentada que gira dentro de mi cabeza estaba quemando motores, absorbiendo todo mi poder cerebral para hacer foco en las docenas de hipótesis catastróficas que se desencadenarían una vez que llegue a casa. Si es que seguiría siendo mi casa después de esto, ya que una de los futuros viables según mi pequeña computadora mental era la famosa patada en culo que te hace volar y aterrizar en la vereda cual tom y jerry, con un palo de escoba y un pañuelo en la punta sosteniendo las 5 o 6 pertenencias que llegase a rescatar previo a que me corran por los pasillos de mi, ahora y según mi cabeza, ex hogar.
Debo confesar que parte de mis elucubraciones maquiavélicas son secundarias a mi estado narcotizado. Pues después de perder el trabajo no se me ocurrió mejor idea que apaciguar mi ansiedad con unas ricas flores. El problema es que siempre me olvido, casi a conciencia diría, que más que calmarlas, las introvierte y profundiza, generando un efecto paradojal de calladito por fuera y bien bien ruidoso por dentro.
Y así es como iba pedaleando esas 57 cuadras, de las cuales ya quedaban solo 12 y casi que en bajada. Decidí parar en un super chino para darme más tiempo a bajar la locura. Compre una sprite de 600 y un terrabusi por 150 pesos y me senté en la vereda. Mientras abría la botellita y le sacaba el gas, me di cuenta de lo inusualmente cargada que estaba la avenida Pavón mano a capital, para un miércoles de noviembre por la tarde. Definitivamente el azúcar hacia efecto y contrarrestaba un poco el de la marihuana. Empecé a prestarle atención a mi entorno. Percibí el abrazador verano abrazándome la piel, el aire ondulado que huye del asfalto, el rugir de los autos, que aparecían en manada luchando entre si por ser primeros y desaparecían a lo lejos en el punto de fuga de la ciudad; valore la pausa de su presencia y el silencio de su ausencia, que parecía prolongarse cada ves mas. Hasta que de repente, verde de nuevo. Me levanto de un salto, decretando el final de mi descanso procrastinador. Decido acompañar la ultima milla con música de fondo, estaba algo melancólico y nada mejor que algún disco viejo de rock nacional, Virus o Seru Giran me vinieron a la mente. Palpo a los costados, palpo atrás, abro mochila, reviso bolsillo grande, reviso bolsillo chico. No está.
Me siento en la bicicleta pensando donde carajo lo pude haber perdido. Me doy cuenta que no tenia idea. No me acuerdo si lo tenia conmigo cuando me fui de la juguetería, mi ahora también ex oficina. Decido hacer el mismo recorrido por el que venía, por si lo encuentro tirado por el camino, y finalmente buscarlo en el trabajo. Ojala aparezca antes.
Pienso en la propuesta de mi vieja. Ella se fue hace dos años a vivir a España. En realidad primero a Ecuador ya que fue el pasaje más barato que encontró. Porque en realidad no se fue, huyó. Mi vieja escapó de la casa donde como adeptos, mi familia fingía vivir una vida feliz. Incluido yo. Por supuesto que cada tanto los telones se corrían como en cualquier obra de teatro, los actores a veces yerraban, la escenografía podía fallar en su fidedignidad, pero todos tenían en claro el objetivo y rápidamente retomaban los roles, levantaban los telones caídos y repasaban las líneas de la próxima escena. Hasta que no fue más así.
Según mi vieja se topó por casualidad, y creo yo que algo de causalidad, con peligrosos terrenos de la realidad extramarital, y fundamentalmente extra residencial. Vivió dos años entre bambalinas. La historia carece de originalidad. Conoció a un tipo nuevo en el trabajo, compartieron salidas grupales, después individuales, después privadas. Le gusto, no tanto la persona, que ni siquiera nos la refirió con nombre propio, si no la acción, la exploración. Conoció así a mucha más gente en la intimidad y terminó participando de varias orgías, hasta llegó a recibir la proposición de dirigir una vez. Todo esto lo se por que ella nos lo contó. Se definía como una adoradora del placer y amante del amor. En mi opinión, era un cliché sesentoso.
Comprendí que una transformación de carácter se evidencia en las acciones, pero comienza, silenciosa y paulatina, en la mente; es como una semilla que cuando se ve el primer tallo verde y frágil, debajo de la tierra está todo enraizado. Cuando mi vieja mostró el cambio, ya estaba con el barro hasta el cuello. O al menos así lo veíamos nosotros, embarrada, sucia, fangosa. Ella, más pura que nunca.
Al principio culpe de todo al sexo, me senté en los palcos de la monogamia y la institución familiar, la convertí a mi madre en una pária, una infiel. Pero ya no. Para ser sincero, ya no creo que solo se haya cansado de cojerse a mi viejo, y si fuera eso no la culpo, que clase de animal seríamos si no pudiéramos mantener la ley primera de la naturaleza de producir biodiversidad. Me di cuenta hace un tiempo que se había saturado de la vida familiar, de su rutina diaria. Capaz, y muy probablemente, también de nosotros. De lo que estoy seguro es de que antes de irse todavía nos amaba, incluso a mi viejo. Me doy cuenta por como lo miraba después de haberle dicho todo, daba la impresión de que si podía dejar una parte de su cuerpo acá en esta casa para todavía acompañarnos, la dejaría. Pero no, o se iba entera o se quedaba entera. Nada de mutilaciones. Y sin más, se fue.
Hace un poco más de 6 meses le mande una carta a Ecuador y al mes y medio me respondió con otra carta desde España. Por eso sabía que ahora vivía ahí. Estuvo un año y un poco más en un pueblito en Ecuador, me contó, hasta que se dio cuenta que no necesariamente tenía que cultivar zanahorias y pescar bagres el resto de su vida para sobrevivir libre y feliz. Por eso se fue a Madrid. La gente que vivía en el pueblo donde ella había vivido le reenviaron mi carta.
Me invitó a vivir con ella. No le respondí. No entendía por que alejarse y después me invitaba a acercarme. Por ese entonces aumente gradualmente la cantidad de porros que fumaba como para procrastinar los pensamientos que me llevan a enfrentar un duelo tortuoso, aunque seguramente necesario, no lo niego. Lo que sí niego es lo que me decía Fabiana Rubinstein, mi ex psicóloga. Aunque no se si se cataloga como ex si todavía debes algunas sesiones. Usaba la palabra "inevitable" como una especie de mantra, 3 o 4 veces por turno. Para vos Fabiana, Lic. Rubinstein, mira que bien evito lo inevitable. Mira como me paso tu mantra por el culo mientras me voy en bici a recuperar mi celular perdido, prendiendo una vela como recomienda el Dr. Álvarez.
Lo hago tan bien que podría hacerlo es resto de mi vida.
Comentarios
Publicar un comentario