Ya salvaste alguien hoy?
Tres números y el botón verde. Solo eso. Cuatro clics, que ni siquiera hacen ruido. Solo cuatro movimientos con un dedo de la mano pueden salvar a alguien hoy en día.
Eso lo separaba de conservar una vida en el mundo.
Había sacado el celular del bolsillo antes de que el ruido termine, antes de que los vidrios hayan quedado quietos en el piso. Pero se detuvo.
Miró los alrededores. Nadie. Solo el, su teléfono y una persona que acababa de atravesar un vidrio y caer del cielo. Casi al unísono que terminaron de aterrizar los vidrios empezó a lloviznar.
Se alejó unos pasos y levantó la mirada. Un edificio de tres pisos, completamente vidriado con ventanales amplios conectados unos a otros. Solo faltaba la primer ventana del primer piso. Justo por encima de donde había caído la persona que ahora se encontraba quieta en la vereda. Completamente quieta. Dentro del edificio no se veía nada.
No era tarde pero estaba oscuro. Se encontraba a mitad de cuadra y no podía ver más allá de la esquina. Había dos autos estacionados de su lado y uno enfrente. Los tres grises y vacíos.
Volvió su atención a la persona en el suelo, que reconoció era una mujer. Tenía un traje negro y estaba descalza. Se encontraba boca arriba y al acercarse dedujo su edad, cercana a los 50 años.
Está ahora parado, a 3 pasos de la mujer misteriosa. Su celular con algunas gotas en la pantalla blanca que desde su mano, ilumina directamente su rostro. Como la linterna cuando se cuentan historias de terror.
Se agacha y mira más de cerca, enfoca en su rostro. Aunque le parece que respira no detecta ningún movimiento. Continúa acercándose, agazapado, mientras frota la pantalla del celular contra su remera para secar las gotas y guardarlo. Observa cómo por debajo del hombro se escapa una línea roja de sangre que sigue los surcos entre las baldosas. No hay charcos ni lagunas, no hay gotas en spray desparramadas por doquier, es solo un hilo, el hilo rojo que pinta la vereda, lento, paciente, se bifurca en cada ángulo, se duplica o triplica y continua, a pesar de que la llovizna es lluvia ya, no pierde rumbo ni color, parece inmune a la dilución del agua, como impermeable, como inevitable, la sangre avanza y el hilo ya se convirtió en red.
Algo a él también le pide avanzar, y obedece. Ahora tan cerca que toca puede tocar el dorso de su mano. Esta enfriándose, siente como evapora el calor. Ve sus uñas despintadas y la voltea. Observa los pliegues de la palma y se pierde en sus entrecruzamientos que forman ríos y estrellas. Lleva un sobretodo negro, largo, parece caro, impresiona mas grande que su talla. Algo de su rostro esta cubierto como un velo por su cabello gris, que con la lluvia al mojarse se va espesando y opacando, haciendo mas difícil dejar ver.
La mano súbitamente se mueve, extendiendo los dedos para volver, un instante después, a su posición original. La tormenta se consolida y la invasión de la calle por la oscuridad es un hecho, a pesar de los desafortunados faroles que intentan combatir la sombra, sosteniendo luces cálidas que alumbran pocos metros de su breve dominio, y solo logran enaltecer la negrura de lo que los rodea.
Con su mano palpa el bolsillo donde había dejado el celular. Sigue ahí. Todavía hay tiempo.
Su rostro se mueve y el lo mira. Se levantan sus párpados y aparece una mirada. Fija sus ojos en él y él en ellos. Observa como el iris se agranda y las pupilas van perdiendo terreno hasta llegar al grosor de un alfiler. Ningún otro músculo del rostro se mueve.
Un relámpago cruza el cielo y su luz gobernó la noche. De repente, cabecea, se le colorean los labios e inhala una bocanada con la boca semicerrada, aún paralizada, como si alguien la estuviera obligando a respirar, como si no fuese su consecuencia de su propia voluntad. El cabezazo despejó de su cara los mechones grises que la cubrían, y expuso su rostro a la luz del cielo, dejando ver todo su miedo.
En el estupor de su sorpresa, él ni reacciono. Mantuvo la misma distancia, con una quietud helada, como quien se oculta aterrorizado en el rincón de un armario. Irrumpió la pausa llevando la mano a su pecho para secar la pantalla del celular en su suéter ya mojado. Se escuchó como marco tres números, para luego dejar el teléfono en su mano de uñas despintadas, esa mano que antes se había agitado, y ahora estaba tan calma como helada.
Cruzó la calle y se alejo a paso manso, esquivando las luces de los faroles, hundiéndose en la oscuridad.
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