I - Circulos de café
Volví caminando pesado del consultorio. Pesado como el calor de enero en la ciudad, atravesando asfaltos que hacen de estufa, veredas de baldosas rotas repletas de arboles igual de pelados que los porteros que por desidia o por envidia (yo creo que las dos) no los riegan. Por fin había llegado a la puerta del departamento de Pringles y Potosí, lo que significaba poner en pausa mi odio citadino -aunque sea hasta mañana- dije y entré.
Quilombo, papelerío arriba de la mesa con círculos de café tatuados, tazas sucias desprolijamente desparramadas, algunas con colonia fúngica propia. Quilombo, libros abiertos, marcados, empezados pero no terminados, posando en todas las superficies planas del lugar. Quilombo también en la cocina, además de lo que bien se imaginan, la gata no tiene mejor idea que romper su bolsa de comida y desparramar por el piso esas pelotitas marrones que parecen mierda de ratón. Quilombo. Mi quilombo. Todo estaba tal cual lo había dejado esa mañana. Que alegría.
-Un día de estos me pongo y lavo, limpio, enjuago, remojo y seco todo.- Siempre me lo digo, es como mi clonazepam. A veces aumento la dosis con un -sino mañana llamo y contrato alguien para que me limpie todo- y con ese si que me duermo mas tranquilo. Por eso creo que el ser humano es casi invencible, se adapta a todo, y ese es mi gaje: soy humano y vivo solo, me amoldo a lo que me rodea. El cambio es para el resto, yo hoy, ahora, no tengo resto por quien cambiar.
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